ago 01 2009

El Doktor Faustus y John Cage

Publicado por a las 20:31 en COMENTARIOS

Tenía otros títulos alternativos para este profundo y desarrollado post, pero no me veía capaz de decidir. Así que, llevado por la lógica de la abundancia y evitando premeditadamente el generador artificial de escasez que es la pestaña del título, incluyo aquí algunas posible variaciones (No Goldberg) sobre el tema:

  • El Doktor Faustus contra John Cage.
  • John Cage contra el Doktor Faustus.
  • John Cage escuchando apasionado “el lamento del Doktor Faustus” interpretado por él mismo en un piano preparado, sin saber exactamente cuando empieza y cuando acaba.
  • El Doktor Faustus escuchando 4’33” y diciendo “Sí, ¿y qué?”.
  • “El Doktor Faustus no juega a los dados”, responde severo el Doktor Faustus a un John Cage decepcionado y triste que le proponía una partida al Michigan.
  • El Doktor Faustus gritando ¡Despierta! en la oreja de John Cage, que medita con los ojos cerrados.
  • El Doktor Faustus con jaquecas, en penumbras en la sala del abad de Pfeiffering, pidiendo a John Cage que no toque tan fuerte 4’33”.
  • John Cage en la posición del Loto indiferente al orín del Doktor Faustus que regalima desde su nuca a su mejilla.
  • John Cage follándose por el culo a Helena de Troya que muerde la almohada, palmeándole las nalgas hasta dejárselas rojas y agitando en la mano izquierda su sombrero de cow-boy, mientras el Doktor Faustus, levitando a dos palmos del suelo, le mira por encima del hombro despectivo y pide silencio para que no despierte al cadaver embalsamado de Nepomuk que arrulla entre sus brazos.
  • El Doktor Faustus repartiendo bonometros al grito de ¡Pasen, pasen, es gratis y hay para todos! en la puerta de una estación de metro cortada por obras, mientras John Cage intenta venderle una caña de pescar al mendigo que está en la esquina de esa misma parada pidiendo dinero para comprarle un bonometro al Doktor Faustus.
  • El Doktor Faustus muerto y enterrado, John Cage muerto y enterrado, el mendigo muerto y enterrado, un cronopio cantando y bailando catala tregua tregua espera y saltando a la pata coja entre los túmulos.

Ejem, (imagínense que ahora me aclaro la garganta, bebo un poco de agua, me ajusto la corbata y coloco en posición los anteojos de carey, ordeno con leves golpes en los cantos un manojo de folios, miro ante mi el tele-prompter y leo:) “Como veníamos diciendo, la intención de este post es poner en contacto dos versiones aparentemente antagónicas de entender la música. Voy a evitar premeditadamente tda referencia explícitamente musical, no porque quiera evitar tecnicismos y pedanterías, sino porque no tengo ni idea.

La combinación de estos dos personajes se presenta aquí como un combate de fondo, de filosofía artística o way of life. Habría podido plantear esta mis ma combianción en un campo filosófico enfrentando a Adorno y Derrida (u otros pares similares), o en el literario, con Thomas Mann contra Julio Cortázar. Pero entonces me lo tendría que tomar más en serio y postear en otro sitio.

El proceso / El objeto: ¿La eternidad?

Cuando John Cage renuncia a la intencionalidad preconcebida e introduce la aleatoriedad (indeterminación) en sus composiciones, renuncia (a andar para volar, dice) a construir (o a descubrir, que no es lo mismo, diría Stockhausen) premeditadamente un objeto inmune al paso del tiempo y del espacio y de la gente. Es importante recacar que lo eterno no tiene principio, por tanto no se puede “crear” o “constrtuir”, esto implicaría una etapa anterior del universo en la que este ente eterno no existía (incoherencia por contradicción). Con lo eterno sólo se puede contactar, entrar en conexión, “descubrir” en todo caso, ya que siempre había estado ahí. John Cage, premeditadamente renuncia a construir (descubrir) un objeto mágico que ensanche el universo. Sería, aun así, precipitado argumentar que JC* renuncia a la aspiración de conectar con un plano místico en el que se diluya la preocupación terrena y temporal, en el que pasado-presente-futuro sean uno. Con el zen (como no podía ser de otra manera) como una muestra, como otra conexión mística cualquiera, su concepto de arte plantea el vínculo metafísico en el gerundio del Hecho Artístico, es decir, el Proceso. Y no renuncia tampoco a distinguir múltiples etapas en este proceso:

M. C. Richards fue a ver el ballet del Bolshoi. Le gustó muchísmo como bailaban. Dijo “No es lo que hacen; es la pasión con lo que lo hacen”. Le contesté “Sí, composición, interpretación y audición u observación son cosas realmente diferentes. Apenas tienen nada que ver”. (JC, Silencio)**

¿Y Faustus? En este punto es reveladora el personaje del empresario de conciertos Saul Fitelberg, empresario de conciertos en Paris.

No es usted de los que se detienen en el camino de la perfección. La interpretación de una obra es, para usted, el momento de su composición. Una vez escrita, ha terminado usted con ella. No la ejecuta usted, no la dirige, porque si lo hiciera no podría resistir a la tentación de variarla, de prolongar su desarrollo, quien sabe si echandola a perder.

Bien mirado, no es tan diferente. Simplemente Leverkhün se desentiende de interpretaciones y audiciones, su música es abstracción. pensamiento aéreo. Tampoco hay en su música “propositos” más allá de los sonidos (Volveremos luego por aquí). Pero entonces, ¿A qué el capítulo fnal? ¿Por qué quiere Adrian interpretar el Lamento del Doktor Faustus, su “Himno a la trsiteza”, frente al auditorio de sus amigos? y sobre todo, ¿A qué la presencia de Saul Fitelberg en esta audición? ¿Es esta audición su salvación, su postrero acto de contrición, como interpretaba sólo la señora Schweigestill cogiéndolo entre sus brazos una vez desplomado del piano?

¡Fuera de aquí todos juntos! ¡Las gentes de ciudad no comprendéis nada y aquí hace falta mucha comprensión! Mucho ha hablado de la gracia divina, el pobre hombre, y no sé si ella podría bastar. Pero la comprensión, podéiscreerlo, cuando es total y humana, basta para todo. (DF)

Es el coro angelical de la última escena del Fausto de Goethe, con sus trompetas y sus querubines cantando “¡Está salvado!”, simplemente porque ha buscado la salvación entre los hombres. Esto se esta poniendo demasiado hippy, demasiado hippy para la frialdad que caracteriza al Doktor Faustus y la cultura alemana y la occidental por extensión, siempre en pacto diabólico por el progreso, el trampolín fáustico. Así que, para ponerse en situación, habrá que recargar un poc de mala leche.

Productor-Consumidor / Prosumer

PREGUNTA: Pero, en serio, si esto es música, yo podría escribir tan bien como usted.

RESPUESTA (JC): ¿He dicho algo que pueda hacerle pensar que considero que sea usted estúpido?

Llegamos inevitablemente a 4’33”,  que me imagino que debe dar mucha rabia al fantasma de JC que se haya convertido en su obra más famosa, o acaso la única conocida. Y he aquí un problema. Es perfectamente comprensible la filosofía de fondo de esta obra: la idea de la participación del oyente en la creación musical, la ordenación de los sonidos combinando los “sonidos musicales” y el “ruido”.

Nueva música: nueva actitud al escuchar. No un intento de comprender algo que se dice, pues si algo se dijera se daría a los sonidos forma de palabras. Simplemente prestar atención a la actividad de los sonidos. (JC)

Pero, ¿Quién coño paga una entrada a l’Auditori (el precio oscila entre los 30 y los 50 Eypos) para escuchar 4 minutos y 33 segundos de sonidos no intencionales? ¿Somos todos tontos? Si el proceso musical, la transformación del ruido en música, consiste aquí exclusivamente en el acto de la escucha, ¿No están los músicos en igualdad de condiciones que el público? ¿Por qué coño unos cobra y otrros pagan? Sería exactamente lo mismo (de hecho, yo interpreté esta tarde 4’33” en las escaleras de la biblioteca, para mi disfrute personal, aunque me gusta mucho más interpretarla en el Botànic) sentarse callado en cualquier lugar, y escuchar. Ahora miren este video, y ríanse pensando en las transacciones económicas en las que están envueltos los participantes. Y no es sólo el concierto, es la apropiación de la idea. Atentos a la anécdota que recoge David Bravo en Copia este libro.

El grupo musical Planets incluyó en su último disco una canción que consistía únicamente en 60 segundos de silencio. Al poco tiempo de la publicación de su obra, fueron demandados por plagio por los herederos de John Cage, que tiempo atrás había grabado y publicado 237 segundos de silencio total. Mike Batt, de los Planets, tomándose a broma una demanda que iba en serio, consideró que su silencio era mejor que el de Cage porque ellos habían conseguido decir lo mismo en menos tiempo. Finalmente, el litigio se resolvió con un acuerdo extrajudicial por el que Batt pagó una indemnización de seis cifras no revelada.

¿Cómo te quedas? Vale que son los herederos, pero que 4’33” tenga copyright, es una de esas cosas que te hacen decir WTF?!.

Esto me recuerda a una imagen que me imacto bastante últimamente, en la película La vie en rose, biopic de la cantante Edith Piaf. En uno de los momentos climáticos de la película, la primera vez que Edith cantaba en un importante Music Hall de Paris, la voz de Môme se desconecta y las imagenes del concierto (de ella cantando y del público patidifuso) se muestran sólo envueltas de silencio, pero que ni siquiera es silencio sino unos pobres efectos sonoros que intentan emocionar y mostrar la magia del momento. La mística del momento instrumentalizada por el Musical Hall de Paris primero, y por la productora Alta Classics después. Qué la industria cultural y la reproductibilidad técnica de las obras de arte no han acabado con el aura, es innegable otra vez. Más bien se podría decir que simplemente se desplaza, dando lugar a una hierología, una procesión de los Santos Artistas en la que, en lugar de comprar reliquias en Roma, compramos merchandising en los Stands oficiales. Sobre la relación de la esfera artística con el mundo de la mística y la religión también hablaba el Doktor Faustus, o más bien Mefistófeles en el mítico capítulo XXV.

Lo religioso es cosa mía y no de la cultura burguesa. (…) Desde que la cultura se desprendió del culto para hacer de sí misma un culto, no es, en realidad, otra cosa que un despojo, y cinco siglos han bastado para que el mundo se fatigara de ella hasta la saciedad. (Mefisto, DF)

Así pues, se puede entender todo un proceso de remistificación del mundo artístico como una iglesia católica y romana, con su jerarquía eclesiástica del MTV, los Oscars, y los Premios Planeta. Sólo hay que escuchar a los viejos rockeros hablando del Rock. No salen de torpes circunloquios para intentar explicar lo inefable. Pongamos a Little Richard hablando de Elvis, o a Bono de Jimmy Hendrix, “Rock’n'roll is… I can’t explain it, bro, is more than life, is gospel… Is like magic”. La industria mística o la mística industrial. Además, con lo drogao que va todo Dios en ese mundillo… Jim Morrison se autodenominaba Chamán, por lo que conocía de los Navajos de California, el peyote, el desierto, la serpiente y el Rey Lagarto. Es relatvamente constante en todas las culturas mínimamente especializadas, la presencia de una autoridad espiritual (sean chamanes, curas, o videntes). Levi-Strauss tenía dicho algunas de estas cosas. Pero, ¿se podría aspirar a otro tipo de espiritualidad, digamos panteológica, animista, distribuida; sin popes ni intermediarios?

Y esto vendría al hilo de los libros de Cortázar, Rayuela o 62 MPA. Si el lector aquí trabaja lo mismo que Julio (arremánguense y no sean vagos, dice) ¿Por qué me está cobrando Alfaguara? Siéntanse legitimados, pues, para robar (mejor digaos expropiar) el libro en cualquier librería, o sino al menos para descargarlos  aquí o aquí (o leer Rayuela aquí, que es bastante divertido), y así nadie nos podrá tirar en cara el coste del papel.

Pero no debería ser tan fácil, tampoco es que deseemos proclamar ahora la Anarquía Universal y el nihilismo más gandul.

Abrir la brecha: ¿Objetivo común?

Se podría resumir esto en un fragmento del Naked Lunch de Cronemberg (no el de Burroughs, Burroughs podría referirse a esto en las Ciudades de la noche roja, en Naked Lunch estaría demasiado pasao para saber lo que estaba haciendo). El diálogo era sobre el minuto diez, dos escritores, o yonkis que escriben, conversan esperando a William Lee. Era una reflexión sobre su labor, y la culpa como el leit motiv fundamental de su actividad. Uno decía sentirse culpable por no alcanzar nunca la perfección, y por eso retocaba y retocaba sus escritos hasta la saciedad (como el Burroughs de las Ciudades de la Noche Roja o el DF); el otro decía sentirse culpable por su infidelidad para con los sentimientos primigenios, las ideas y emociones espontáneas e inconscientes, su yo profundo, y por eso eliminaba toda barrera u ordnación racional en su poesía (como el Burroughs de Naked Lunch o John Cage con los sonidos). En el fondo, no hay anta diferencia y sólo son dos formas diferentes de movimiento, de esfuerzo, de culpabilidad y anhelo.

LA UTOPÍA, el progreso; y sus riesgos (¿inherentes?). Este podría ser en el fondo el tema del DF, ya que a pesar de toda la cubierta musical el auténtico contexto abordado por Mann es el auge del nazismo y la 2ª Guerra Mundial. La nación alemana y la idea de abrirse paso. Se desarrolla a lo largo de todo el libro: en las conversaciones de juventud con los estudiantes de teología (C. XIV), en los análisis de Kretzschmar sobre la obra de Beethoven, en los discursos sobre las posibilidades de la ciencia… Pero un lugar más explícito es el capítulo XXX; tengo marcado este capítulo como XIV+XXV: la arrogancia y el aventurerismo juvenil conjurándose con lo diabólico. En este capítulo Serenus se prepara para partir a la IGM y pasa por Pfeiffering a despedirse de Adrian, Rüdiger y Schildknapp. Los artistas se ríen del tímido pero mal disimulado patriotismo de Serenus, que se justifica diciendo:

Era natural sentir cierta simpatía por la figura de Alemania, no exenta por cierto de rasgos conmovedores, tal y como las circunstanciaas históricas nos la presentaban. En último análisis psicológico, de lo que ahora se trataba era de abrirse paso. (Serenus, DF)

Y si bien Adrian critica las formas de la invasión bélica (“Llevaréis el peso de esta falta con dignidad”, dice) coincide en el fondo con la ilusión de abrirse paso:

En el fondo es éste el único problema que se plantea en el mundo. ¿Cómo se abre uno paso? ¿Como se llega al aire libre? ¿Cómo puede estallar la crisálida y convertirse en mariposa? Estas preguntas lo dominan todo. Aquí se habla también - dijo estirando la cintilla roja que servía de señal en el libro de Kleist- de abrirse paso. En el excelente ensayo sobre los títeres se afirma que el acto de abrirse paso es “el último capítulo de la historia del mundo”. Kleist habla únicamente, claro está, desde un punto de vista estético. Habla de la gracia, de la gracia en libertad, propia del hombre articulado y de Dios, es decir de la inconsciencia o de una infinita consciencia. Toda reflexión situada entre el cero y el infinito es mortal para la gracia, y Adán debiera gustar por segunda vez el fruto del árbol de la ciencia para volver a caer en estado de inocencia.

Quería citar más breve pero. Me llama especialmente la atención el recurso de los títeres, y enlaza que te enlazarás, me vienen a la mente dos referencias a estos (además de la película Cómo ser John Malckovic, pero no viene al caso). Por un lado, un relato que escribí hace un montón, de un títere que se daba a la fuga cuando descubría sus hilos. Por otro, la metáfora que utiliza L. Sklair (“el problema de pinocho”) para caracterizar el nuevo (des)orden mundial en el que se carece de la tutela  de una potencia autoritaria e incuestionable (bien mirado, ni EE.UU., ni el FMI, ni China, ni la WTO ni el Banco Mundial, pueden hacer unilateralmente lo que quieran. La humanidad siente la angustia tras haber matado al padre, al haber “cortado sus hilos”). Así, los títeres del DF vinculan las angustias existencialistas de un adolescente que escribe con el orden mundial posterior al hundmiento de la URSS y la decadencia de los EE.UU. Importante: la idea de abrirse paso.

¿Está esto presente en John Cage? Veges. Pero como ya habíamos dicho antes, esta conexión se da sólo en el gerundio. Por eso renuncia a toda intencionalidad, a la construcción ideal de la “idea preconcebida”

[Mis obras tardías] empiezan en cualquier sitio, duran un un tiempo indeterminado e implican más o menos instrumentos e interpretes. No son, pues, objetos preconcebidos, y acercarse a ellas como tales es no entender nada                            en absoluto. Son ocasiones para la experiencia, y esta experiencia no es recibida sólo por los oídos, sino también por los ojos. Un oído solo no es un ente. (…) Resulta evidente que la propia música es una situación ideal, no real. La mente puedeusarse para ignorar sonidos ambientales, otros tonos aparte de los ochenta y ocho, duraciones que no se han contado, timbres que son poco musicales o desagradables, y en general para controlar y comprender una experiencia que está ahí. O, por el contrario, puede abandonar su deseo de mejorar la creación y funcionar como un fiel receptor de la experiencia. (JC).

Empiezo a ser redundante. Podría seguir por este camino, escribiendo (gerundio) sobre Burroughs o Jack Kerouac En el camino, sobre el hecho cansino de escribir y el tiempo que le roba a la vida si es que queremos considerar que escribir o hacer música es algo totalmente distinto que vivir (distinción, por otra parte, fundamental en DF pero que JC se salta a la torera. Personalmente, tampoco propondríamos mis amigos ni yo una vida sin palabras o unas palabras sin vida). Para los detectives poetas de Bolaño no hay nada que permita hacer esta diferencia y lloran cuando se atacan los versos de Neruda o Nicanor Parra, no por orgullo o por pedantería o por que les paguen para defenderlos, sino porque esos versos les duelen cuando los pisan como les dolería un dedo o un alma o un pulmón. Volviendo al DF y a JC, volviendo a intentar abrirse paso, abría que detenerse en mirar un momento y hablar de (aunque nos ponga tristes, aunque canse y de pereza) aquello de lo que queremos huir, aquello entre lo que queremos abrirnos paso. Y son demasiadas cosas. Primero las evidentes: la finitud del tiempo, la necesidad impepinable de comer plátanos para un buen tránsito intestinal y la necesidad de dormir, el barro del día a día y de las universidades y los conservatorios y la gente torpe y bienintencionada. Líbreme Dios (o el DF o JC o tres matones rusos) de los bienintencionados. Pero también los malintencionados, los que saben lo que hacen y no piensan en absoluto en abrirse paso sino que se refocilan y revuelcan en su lodo y además te intentan atrapar y, más aún, venderte el barro. Ejemplo: Paula Vázquez, que se mueve en la mierda como pez en el agua. Pero seamos sinceros, la culpa de la estupidez de Edith Piaf o el endiosamiento de Calamaro o el suicidio de Jim Morrison o Kurt Kobain no es suya, ellos, seguramente, también lloran (como se esfuerza en recordarnos cada nuevo biopic, auténtico material hierológico). La culpa es de los devotos que van a comprar reliquias a Roma, o merchandising oficial en los stands a la puerta de los macroconciertos. Y esto lo tenía claro Mann, que en el epílogo del DF nos muestra esto:

1945: Un general venido de allende los mares impone a los habitantes de Weimar la obligación de desfilar ante los crematorios del vecino campo de concentración y declara -¿quién se atreverá a decir que injustamente?- que la responsabilidad de aquellos crímenes ahora descubiertos alcanza también a unos ciudadanos que se ocupaban de sus quehaceres bajo todas las apariencias de honorabilidad y no trataban de averiguar nada a pesar de que el viento había de traer hasta sus narices el hedor de la carne humana quemada. Les declara culpables y les obliga a fijar sus ojos en aquella monstruosidad. (Serenus, DF)

¿Nos obligará alguien a desfilar en el futuro frente al horrendo cadaver embalsamado de Michael Jackson, para humillarnos y hacernos sentir culpables y avergonzados y anulados y reducidos a la mediocridad frente a un pseudodios muerto? ¿Será barato?

Al final

Al fin y al cabo no son tan diferentes JC y DF. La misma voluntad de hacer agujeros en la realidad (esto es de López-Petit), expresada en términos diferentes. Por otra parte, seguro que se hubieran peleado. Tengo entendido que había grandes broncas entre Stockhausen y John Cage, y no recuerdo que partido tomaba Boulez si lo tomaba. Pero estas riñas triviales se quedan en el terreno de lo que se queda atrás, a nadie le terminan importando. La diferencia sería sólo de forma, no de fondo, como la diferencia que puede haber entre Ser el enemigo y El bidet de las Hespérides.

Todo vale para llegar a donde queremos llegar, si todos queremos llegar al mismo sitio.

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*Vaya siglas exitosas JC, cuantos JC en la historia. Si no fuera porque Couto ya es el apellido de Mia Couto y ya no puedo decirle nada a tan insigne mozambiqueño, me pensaría cambiarme el apellido.

** Todas las citas de JC son de Silencio, Árdora Ediciones, 2002. Todas las citas del Doktor Faustus son de MANN, T., Doktor Faustus, Edhasa, 1986.

5 comentarios

5 comentarios en “El Doktor Faustus y John Cage”

  1. [...] con una traducción portuguesa del ensayo de Heinrich von Kleist Sobre el teatro de Marionetas. En otras entradas comentaba su presencia como de pasada, y la recurrencia de los títeres en diversos ámbitos. El [...]

  2. [...] con la eternidad. Me recuerda esto (por el tono místico) a unas anotaciones que me salieron comparando la música de John Cage con la música de Schönberg (bueno, en realidad del Doktor Faustus). El Doktor Faustus supone el sueño del conocimiento ilimitado a cualquier precio; [...]

  3. Falando no deserto » Sobre el Artesanadoel 20 nov 2009 a las 19:14

    [...] Doktor Faustus, [...]

  4. Falando no deserto » El laberinto del NOel 27 jun 2010 a las 19:40

    [...] respetuoso silencio“, escribe su historia. Creo que a lo mejor también vuelvo a hablar de el silencio y de John Cage, de El silencio antes de Bach, de Ensayos de Orquesta, no sé, ya iremos viendo, ya iré leyendo y [...]

  5. [...] hasta un mes después, el Julio del apocalipsis, cuando Riba abandona a su mujer budista (el budismo zen de John Cage: doctrina que renuncia a las sudorosas y humillantes búsquedas para abrazar el delirio del satori, [...]

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