oct 08 2009

Entre las eternas utopías y las zonas temporalmente autónomas

Publicado por a las 12:43 en Itinerario Indiano

Hace un par de años fui con un amigo a escuchar una conferencia de Ignacio Ramonet en el Auditori de Burjassot. La presentación estaba a cargo de un profesor al que respeto; además, el título, “Globalización neoliberal y aculturación”, era lo suficientemente vago y ambiguo como para pasar una hora y media relajada escuchando lugares comunes bastante conocidos y que no suponían un reto duro para nuestra perspectiva. Cuando el señor Ramonet acabó su discurso contra el mercado planetario, la industria cultural, el WTO, IMF, G8, WB, etc., se abrió rueda de preguntas tras ruidosos aplausos. Entonces un señor calvo y gordo que estaba sentado tres asientos a la derecha en mi misma fila empezó a farfullar atropelladamente, en una especie de castellano con acento italiano mezclado con expresiones extrañas importadas de lenguas que no eran ni italiano ni castellano. Mi amigo me chivó a cau d’orella que era Leo Bassi, que montaba su espectáculo La Revelación en el mismo auditorio, en cuanto Ramonet acabase su charla. Repetía constantemente la palabra utopía. Empezó exponiendo la condición utópica del liberalismo, “una utopía en avanzó proceso de consolidación”, matizó. Pasó luego hablar de la crisis de las utopías revolucionarias decimonónicas, de los gulags y la caída del muro, de la necesidad de generar nuevos ideales políticos, de encarar directamente una batalla en el plano de la imaginación política. Ramonet se mostró muy interesado, habló del Foro Social Mundial de Porto Alegre, aludió a cierto debate que se traían entre manos Saramago y Galeano sobre el pensamiento utópico en el Quijote. Dijo que decía Saramago:

Utopía es algo que no se sabe dónde está, ni cuándo, ni cómo se llegará a ella. La utopía es como la línea del horizonte: sabemos que, aunque la busquemos, nunca llegaremos a ella, porque siempre se va alejando conforme se da cada paso; siempre está fuera, no de la mirada, pero sí de nuestro alcance.
Si alguna palabra retiraría del diccionario sería utopía, porque no ayuda a pensar, porque es una especie de invitación a la pereza.
La palabra esperanza es una especie de sinónimo de utopía.

Mientras Galeano -en una cita que he perdido y agradecería su hallazgo- coincidía en la metáfora del horizonte en movimiento, de un horizonte que se desplazaba dos metros adelante con cada paso nuestro, pero decía que para eso servía, para caminar.

Todo eso me pareció muy bonito.

En esos momentos empezaba a conocer los rudimentos básicos de la Teoría de Juegos, y me parecía que el pensamiento utópico, en tanto que tropo colectivo, podía ser una buena manera de escapar de los equilibrios ineficientes y la destrucción mutua a la que parecía condenarnos todo “dilema del prisionero” (con mayor solvencia que los equilibrios de Nash, que me parecían el mismo pensamiento estratégico aunque más sofisticado).

Leí a Mannheim: interesante epistemológicamente el esquema conceptual de las perspectivas simétricas, que igualaba Ideologías (pro-statu quo) y Utopías (anti-statu quo); decepcionante el eje de simetría representado por una cómoda inteligentsia desclasada y libre, que le proporcionaba una base firme para aspirar a La Verdad, a la vez que, en tanto que académico, le dejaba en un lugar social privilegiado.

El debate sobre las utopías y su utilidad pragmática para el cambio social y la emancipación (palabras mayores) se extendió entre un grupo de amigos. Pasamos tardes cerveceras rondando el tema, planteamos incluso la idea de montar un fanzine monográfico, y empezamos a colgar textos (propios y ajenos) en un blog ex profeso. Fue divertido. De las piezas que más me gustaron fue el 71 de Rayuela que nos recordó Yohara.

Hablábamos de Unamuno, de Huxley y de Orwell, de Tomás Moro y Fourier, del Walden de Thoureau y el Walden Dos de Skinner…

Hablábamos sin llegar a demasiadas conclusiones…

Las Zonas Temporalmente Autónomas de Hakim Bey recogen en parte muchas de estas cuestiones. Ya ha habido grandes conversaciones al respecto (otra vez llego tarde), muy divertidas de releer. Destaca, a simple vista, el carácter efímero de estas construcciones. No suele ser agradable la revelación de que el proyecto que la comunidad se esfuerza en construir no vaya a sobrevivirla, que de hecho ni siquiera ocupará un breve lapso de tiempo en la vida de los miembros. Se compensa este anhelo de permanencia por la sensación de inmediatez: Mermelada Hoy, mañana habrá que volver a buscarse la mermelada. El carácter festivo y extraordinario de la libertad (la “A”), contrapesado por las penurias (¿y la emoción?) del nomadismo y la inestabilidad perpetua (la “T”).

La utopía realizada momentáneamente, como la escurridiza revelación del duermevela, que enseguida se aparta y te deja vacío y otra vez con ganas de más. En el abandono de la vocación de permanencia puede que se encuentre el secreto, porque esa liberación presente es en realidad una forma de conexión con la eternidad. Me recuerda esto (por el tono místico) a unas anotaciones que me salieron comparando la música de John Cage con la música de Schönberg (bueno, en realidad del Doktor Faustus). El Doktor Faustus supone el sueño del conocimiento ilimitado a cualquier precio; la sinfonía perfecta aunque nos cueste el alma, el Estado Perfecto aunque nos cueste un holocausto, el orden cósmico de la totalidad imponiéndose a las individualidades. Como Walden Dos. En Cage (paradójico apellido) cada sonido se representa únicamente a sí mismo, es maravilloso de por sí; cada interpretación es irrepetible y dura sólo tanto como la actividad común. Como Thoureau en la selva. Pero, ¿Hay en esto progreso? ¿Es necesario o deseable el progreso? ¿Renunciamos al progreso?

Se podría hablar también del capitán D’Annuncio y su etapa fascista (En ZTA, pp. 70 y siguientes),  tras “presidir” una estrambótica ZTA en la ciudad pirata de Fiume. Mussolini, fascinado por la “estetización de la política” (Walter Benjamin), atrae a sus filas al poeta canalla, instrumentalizando toda esa energía exaltada y enfervorecida que se hubiera disipado si no hubiera sido “aprovechada” (una energía entrópica susceptible de ser captura por regímenes totalitarios que, al contrario que la República de Fiume, tienen muy clara su teleología y su vocación de permanencia). Acabado el ron y el dinero, sin más razón de ser, la comunidad de Fiume deviene masa amorfa y muere. ¿Pero, y sus restos? ¿Y la responsabilidad para con todo aquello que queda fuera de la ZTA? (El debate que ya se dio acerca de la responsabilidad de la comunidad, el altruismo, ¿Existe la obligación de “responsabilizarse de las miserias que genera el Estado y el capitalismo de amigotes”?) ¿Es viable/legítima una masa crítica en revuelta permanente?

He oído que Leo Bassi ahora monta un espectáculo llamado Utopia. Parece ser que no soy el único que está en el mismo lugar que cuando empezó.

4 comentarios

4 comentarios en “Entre las eternas utopías y las zonas temporalmente autónomas”

  1. Davidel 09 oct 2009 a las 9:36

    :)

  2. Ivanel 09 oct 2009 a las 12:01

    (Parece que el Google-fu funcionó: la cita de Galeano —creo).

    Me ha gustado mucho tu artículo (¡qué buena la comparación musical!). Creo que si enfocamos la utopía como algo (sin más necesidad de ser definido) soportado por un conjunto de valores, cada paso que demos que sea coherente con esos valores nos acercará a ella. Las ZTA pueden representar pasos más o menos largos, pero al menos nos recuerdan la importancia y los efectos prácticos positivos de caminar.

  3. Julioel 09 oct 2009 a las 15:36

    Ivan,
    ¡Gracias por la búsqueda!

    seguiremos dando pasos, pues, ya sean cortos, largos, efímeros o permanentes, firmes o erráticos… todo menos quedarse quietos.

  4. Falando no deserto » Astronauta Líricoel 08 may 2011 a las 22:51

    [...] a isso que chamam progresso), uma vez que se renunciou à búsqueda patológica dum centro (inexistente?), a humildade e a vida são processos sosegados, e pode-se “perder o medo da poesia” e [...]

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