Mar 06 2010
Ficción Científica
Jorge Wagensberg: Literatura y ciencia
Ayer tuvimos en la UV a Jorge Wagensberg, que ahora mismo debe estar volando hacia Costa Rica para descubrir el misterio de unas incomprensibles esferas de piedra que aparecen en la jungla. Aunque los sociólogos atrincherados en el lado del público estábamos esperando disertaciones acerca de complejidad y reflexividad en el método científico, Wagensberg presentó una prespectiva humanista del científico, insistiendo en el estímulo pulsional hacia el conocimiento, idea desarrollada en sus últimos libros, el gozo intelectual y yo, lo superflúo y el error. Esta última entrevista de vimeo es prácticamente una síntesis de la presentación que realizó ayer:
Yo, lo superfluo y el error. Historias de vida o muerte sobre ciencia o literatura - Jorge Wagensberg from Tusquets Editores on Vimeo.
Plantea una comparación entre el conocimiento desde la ciencia y desde la literatura. Explotar estos trasvases - líneas de agua en la marisma del conocimiento - nos sitúa cerca de una perspectiva posmoderna de la ciencia, enriquecida tras haber abordado de cara los límites de la reflexividad, relatividad y complejidad. Wagensberg presenta una perspectiva claśica-positivista del método científico y una concepción romántica de la literatura, que sirve para proponer después un acercamiento de estas dos categorías aparentemente incompatibles. Así, la ciencia se caracterizaría por la objetividad (optar por la metodología de observación que minimice la distorsión sobre el objeto, o sea, “eliminar el yo”, la utopía de una “ciencia sin científicos”), la inteligibilidad (esto es, establecer reglas generales comprensibles, claras y distintas, sobre la multiplicidad y el caos de los casos particulares), y la dialéctica (el modelo hegeliano, proponer síntesis que resuelvan las paradojas e inconsistencias entre tésis y antítesis. El error entendido como una herramienta de trabajo que hace avanzar el conocimiento a base de ser hostigado). Frente a esto, la literatura se caracteriza como un espejo: es totalmente subjetiva, al no estar obligada a prescindir del yo; aborda particularismos y excepciones, regodeándose en lo incomprensible, y por tanto; asume, sin rechazarlas drásticamente, las paradojas y los absurdos que la ciencia insiste en deshacer (”a y no a” puede ser en literatura, pero no en una ciencia basada en lógica aristotélica).
De resultas de este modelo basado en oposiciones, Wagensberg cambia de boli por un rato y decide “hacer literatura”: su propuesta literaria se basa en las características que él adscribe al método científico. Así, Wagensberg crea una especie de microrelatos que pretenden ser tan densos y evocadores como la ecuación de Schrödinger y su metáfora del gato, ese fantasmagórico y mitológico animal que trajo la paradoja a la ciencia (”gato vivo y gato muerto” es en ciencia cuántica). Es un interesante camino, independientemente de la potencia de los microrelatos aforísticos de Wagensberg (ni se acercan a Borges o Monterroso, ni de lejos Nietsche y Zaratustra o Adorno y Minima Moralia), interesante digo simplemente porque apunta a la superación de esa imágen de la ciencia castrada de sujetos y ciega a la realidad caótica y paradójica. La ciencia proveyendo de nuevas metáforas a la literatura, la literatura inyectando hipótesis e intuiciones en un terreno científico en el que parece que la imaginación salvaje está prohibida. Acercarse a la literatura y otras vías de conocimiento es una vía de superación del epistemicidio en serie que ha venido caracterizando a la racionalidad indolente desde la ilustración.
De la Ciencia Ficción y la Ficción Científica…
En el posterior debate se me ocurrió preguntar acerca del género literario conocido como Ciencia Ficción, pensaba yo que sería un ámbito privilegiado por los temas que trataba. “Mi opinión es que la ciencia-ficción oscila peligrosamente entre lo sublime y lo ridículo, predominando lo segundo más que lo primero”, dijo Wagensberg, para luego añadir, “muy parecido ocurre con la poesía”. Lo que, inevitablemente, me hizo recordar la famosa Ley de Sturgeon, o “el 90% de todo es basura“:
“El 90% de la ciencia ficción es basura, pero también el 90% del resto de la literatura es basura. Una vez aceptado esto hay que reconocer que el restante 10% de la ciencia ficción puede ser tan bueno como lo mejor del restante 10% de cualquier otro género literario”
Pero volviendo a lo que nos ocupa, me decía el otro día un amigo traductor que el término Ciencia Ficción es una pésima y perversa traducción del inglés Science Fiction, por la misma lógica que lo que en las lenguas latoc es la OTAN, en las anglos is the NATO. Es decir, se invierte el orden de núcleo y complementos. Esto hace cuando se habla de SciFi, el énfasis se ponga en la ficción, en la literatura. Estamos hablando de una ficción científicamente informada. Si hablásemos de Ficticious Science (que sería la traducción literal de Ciencia Ficción o Ciencia Ficticia) lo que nos vendría a la cabeza sería un aparato conceptual ilusorio o imaginario que se reivindica ciencia, y nos hace sospechar de un género científico marcado por el disparate, la superchería, la conspiranoia y las profecías disparatadas. Por ejemplo: El creacionismo cristiano, o el libro perdido de Enki. O por ejemplo: todos los postulados de la economía clásica que vienen después de partículas como ceteris paribus o “en condiciones de Mercado Perfecto…”.
Por eso me parecería sensato invertir el orden de los términos para hablar de esa literatura que, sin dejar de ser literatura, se enriquece del contacto con la ciencia. Así la Ficción Científica se sitúa en un plano privilegiado para la comprensión, bebiendo de todas las fuentes posibles. Hablo de Julio Verne, Asimov o Ballard, pero también de Borges o de Kafka. O de Bruce Sterling y William Gibson, apóstoles del ciberpunk, imaginando internet y el ciberespacio desde una literatura que brota en la intersección de la ciencia cibernética con los delirios opiaceos de William Burroughs en el Naked Lunch. Así esta literatura (esta imaginación) plantea interesantes líneas de fuga, adelantando posibles consecuencias sociales o tecnológicas, imaginando escenarios futuros, abriendo con su reflexión debates éticos sobre “el dónde vamos”, sobre el “por qué y el para qué” de la ciencia.
… en las Ciencias Sociales.
Para terminar, barrer para casa. Reintroducir también esta posibilidad en el terreno de las ciencias sociales, ya que parece que la mal llamada Ciencia Ficción se centraba exclusivamente en biotecnologías, robótica, nanotecnologías y otras cosas serias, mientras que la investigación de vanguardia en CCSS no era lo suficientemente espectacular como para inspirar una trilogía de best-sellers. Recupero una de las historias de Georges Perec en La Vie, Mode d’Emploi (sigo con ella saltando e hipervinculando como un caballo del ajedrez o una neurona en red). Recordar, sólo como dato accesorio, que Perec fue sociólogo de formación (en la Sorbona de los 60, nada menos), y posteriormente trabajó como archivero en la biblioteca de un Centro de Investigación en Neurofisiología. Curioso curriculum para un escritor del OULIPO…
Pues la historia que quería reseñar aparece en el capítulo XXV, y habla de un antiguo ocupante del piso Altamont: el antropólogo Appenzzell. Se trata de un antropólogo formado en la escuela de Malinowski, que como buen antropólogo, se dispone a investigar una tribu exótica. La meta de su expedición era un pueblo fantasma llamado por los malayos los andalams o también los orangkubos o kubus. Orang-ku-bus significa «los que se defienden» y andalams «los hijos del interior». Appenzzell, como abnegado antropólogo, pasa años persiguiéndo esta tribu por la jungla. Por fin regresa, y Marcel Mauss le ofrece dar unas ponencias sobre los Andalam en una tribuna universitaria. Appenzzell prepara su comunicación durante meses, encerrado en su cuarto sin ver a nadie, hasta que finalmente quema todo lo que había escrito y huye dejando una carta:
«Por irritantes que sean los sinsabores a que está expuesto todo el que se dedica en cuerpo y alma a la profesión de etnógrafo para adquirir con ella una visión concreta de la naturales profunda del Hombre - sea, dicho con otros términos, el mínimo social que define la condición humana a través de lo que pueden ofrecer de heteróclito las distintas culturas-, y aunque no puede aspirar sino a alumbrar verdades relativas (siendo ilusoria la esperan de alumbrar una verdad última), no fue en absoluto de esta índole la peor dificultad que hube de afrontar; había querido llegar hasta los últimos confines del universo salvaje; ¿no colmaba acaso mi deseo el verme entre aquellas amables criaturas, a las que nadie había visto antes a las que que nadie viera después? Al término de una búsqueda exaltante, allí estaban mis salvajes; sólo anhelaba ser uno de ellos, compartir sus días, sus penas, sus ritos. Pero, ¡ay!, no me querían ellos a mí, no estaban en modo alguno dispuestos a enseñarme sus costumbres y creencias. No ¿es importaban los presentes que depositaba a sus pies, no les importaba la ayuda que creía poder darles. Por mi culpa abandonaban sus poblados; sólo para desengañarme, para convencerme de que era inútil que me empeñara, escogían tierras cada vez más hostiles, se imponían condiciones de vida cada vez más terribles, queriéndome demostrar que preferían enfrentarse con los tigresa los volcanes, los pantanos, las brumas irrespirables, los elefantes, las arañas mortíferas antes que con los hombres. Creo conocer bastante el dolor físico. Pero lo peor de todo es sentir que se muere el alma…»
Y esto lo escribía Perec, desde la aparente libertad y jocosa indisciplina que le permite el “hacer literatura”, más o menos en la misma época en que el antropólogo (científico) Paul Rabinow revisaba los principios etnográficos de Geertz (interpretar desde la “descripción densa”), a base de interactuar y negociar con sus informates en el Alto Atlas marroquí. O incluso antes que El antropólogo inocente de Nigel Barley. Momento álgido de la perpetua crisis de identidad de las ciencias sociales en general y la antropología en particular. Redefiniendo las relaciones entre sujeto-objeto de conocimiento, estableciendo vínculos relativos/reflexivos, incorporando un potente factor ético sobre la interdependencia que implica ser humano y ser social. Pero creo que esto son algunas de las cosas de las que hablo Victoriano Camas en les “Etnoxerrades” del Museu Valencià d’Etnologia, y al ser ciencia, serán comentadas en otro lugar.
