Nov 23 2009

EDIPOS y PANDORAS

Publicado por Julio en Cine

¿Quién la lía más, Pandora o Edipo?

Esta es la pregunta que me surge después de ver la película Kiss me deadly, de Robert Aldrich (1955), y su inevitable comparación con Chinatown de Roman Polanski (1974). Ambas comparten escenario, protagonista y esquema narrativo: un investigador privado bastante casposo (especialista en divorcios y adulterios) se ve involucrado, sin poder evitarlo, en un misterioso caso que le supera de lejos, enfrentándose a poderosas organizaciones mafiosas y desautorizando a la policía oficial que le exige que se aparte del caso. En ambos casos, el misterio se resuelve con el descubrimiento del horror crudo, y la amarga sensación de haber conocido algo que más hubiese valido ignorar. Recalco el “sin poder evitarlo”: el investigador privado se presenta aquí como el paradigmático detective de Bolaño, como el perseguidor de Cortázar o el Ulises encerrado en el Octavo Círculo del Inferno: arrastrado por la fuerza de lo desconocido, una tracción mucho más fuerte que la simple curiosidad, algo que, a falta de un nombre mejor, algunos llaman “naturaleza humana” y otros “patológica obsesión por la divinidad”. Cuando Mike Hammer, el investigador privado en Kiss me deadly, se disculpa ante el policía por haber continuado la investigación, alegando que no sabía lo que se ocultaba detrás, el policía responde sin dudar:

“¿Que no lo sabías? De haberlo sabido habrías hecho lo mismo.”

Lo divergente en estas dos películas se halla en el horror vinculado al descubrimiento. En este punto, quiero hacer una pequeña digresión para recordar la imagen final de El Planeta de los Simios. Aunque la vi mucho después de que se estrenara, yo aun era pequeño y me impresionó mucho. Desde entonces siempre asocio esa imagen de la estatua de la libertad en la post-apocalíptica playa desierta con el mito de Pandora y el holocausto nuclear. Estos mismos temas son los que se ocultan tras el misterio en Kiss me deadly: radioactividad… proyectos militares secretos… uranio… palabras sencillas, pero que arrastran tras de sí unas connotaciones tan siniestras que no necesitan especificar la compleja trama que podría ocultarse tras esa caja perdida.

Es por eso que a mí, en principio, me parece bastante más potente la explosión nuclear de Kiss me deadly (con su pirocúmulo y sus llamaradas) que el incesto de Chinatown (a pesar del padre tirano y la hermanahija). Edipo puede implicar muchas cosas, pero el potencial de destrucción del impulso de Pandora me parece bastante más inquietante. Somos seres culturales con sus totems y tabús, pero también somos animales que ansían sobrevivir, frágiles estructuras de carbono en un inestable equilibrio dinámico, susceptible de irse a tomar por culo por cosas tan factibles como una guerra que emplee tecnología atómica. Digo esto porque tengo reciente El Artesano de Sennett, en el que se hacen referencias explícitas a este mito. A él se llega a través de la preocupación de Hanna Arendt por el Animal laborus, el humano que produce conocimiento técnico sin preocuparse por el fin, los efectos colaterales, o las implicaciones éticas de su trabajo. A pesar de que la figura que Sennett propone como ideal de artesano es un híbrido entre el Animal laborus y el Homo Faber, que se presenta como un trabajador manual virtuoso y reflexivo (deconstruyendo así la polaridad jerarquizada), queda patente durante todo el libro la preocupación por el riesgo de Pandora, con la figura del “científico indolente” ejemplificada en Oppenheimer y los físicos del proyecto atómico. En la conclusión del ensayo se vuelve a incidir en las implicaciones éticas del proceso productivo, cerrando el ensayo con el opuesto complementario de Pandora:

“la figura de Hefesto cojo, orgulloso de su trabajo aunque no de sí mismo, representa el tipo más digno de persona a que podemos aspirar”.

La represión del narcisismo egocéntrico, causa del orgullo que nos lleva a “querer-ser-Dios”, evitaría desde el principio toda tentación de abrir la caja de Pandora. Por otro lado, este “querer-ser-Dios” remite de nuevo a la voluntad de poder, el “conocimiento prohibido” es tan tabú como el fuego que robó Prometeo o el incesto de Edipo: la aspiración es, en última instancia, la omnipotencia, la LIBERTAD. En condiciones de inevitable interdependencia, la libertad implica siempre un punto de sadismo, de anulación de todas las relaciones externas (todo individuo y colectivo) en el momento de tomar las decisiones propias. La independencia total, el libre albedrío, la irresponsabilidad que sólo es posible cuando no hay que rendir cuentas ante nadie. La soledad del Fausto omnipotente no significa otra cosa. Bataille, leyendo a Nietsche, llegaba a conclusiones parecidas:

El ejercicio de la libertad se sitúa del lado del mal, mientras que la lucha por la libertad es la conquista de un bien. Si la vida está entera en mí, en tanto que tal, no puedo sin despedazarla ponerla al servicio de un bien, sea el de otro o el de Dios o mi bien. No puedo adquirir, sino solamente dar, y dar sin contar, sin que nunca el don tenga por objeto un interés de otro. (Tengo a este respecto el bien de otro como una añagaza, pues si quiero el bien de otro es para encontrar el mío, a menos que lo identifique con el mío. La totalidad es en mí esta exuberancia: no es más que una aspiración vacía, un deseo desdichado de consumirse sin otra razón que el deseo mismo - que la constituye por entero - de arder. De este modo es ese deseo de reír de que he hablado, ese prurito de placer, de santidad, de muerte… No tiene ninguna tarea que cumplir.)

Aparentemente, esto contravendría la lógica de la plurarquía, en cuyo caso estaríamos realmente ante “algo nuevo bajo el sol”. ¿Mi libertad no afecta al resto? ¿En serio? ¿No necesito a nadie para llevar a cabo mis proyectos? ¿siempre habrá alguien dispuesto a colaborar, por lo que siempre podré unirme a una red afín, sin necesidad de crearla? ¿es la comunicación la clave? ¿lo es el trabajo, como el cándido de Voltare, o el utopista que sólo se detiene provisionalmente, construyendo efímeras ZTA’s que luego arden como fallas?

En el fondo, el hombre completo no es más que un ser en el que se ha abolido la trascendencia de quien ya nada está separado: un poco marioneta, un poco Dios, un poco loco… es la transparencia.

(Es también de Bataille, pero podría ser de Kleist)

¿Lo más parecido a Dios es la inconsciente marioneta? ¿Somos todos divinos, para lo bueno y para lo malo? ¿Somos todos Edipos y Pandoras, al menos en proyección de destino, aunque nos esforcemos cobardemente en disimularlo? ¿Nuestra última frontera es la culpabilidad del deicidio en serie? …qué confuso es todo esto…

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