Nov 23 2007

Sobre “Seis Años”, de Elías Espinosa

Publicado por Julio en AJENOS, COMENTARIOS, RELATOS

Bien, compañero, ya leí lo que me diste. Y ahora pensé que mejor que comentarte apresurado en el ascensor que me gustó mucho, escribiré unas pocas líneas sentado, que es la forma que tengo de hablar despacio, la forma que tengo de casi acercarme a decir lo que creo que pienso y quiero decir.

La lectura que he hecho es personal, me apropié de tus palabras y les puse mi significado, que es lo que supone el hecho de leer; no hay lecturas objetivas por más que queramos intentarlo.

Creo que ya hablamos alguna vez de esto de lo que voy a hablar, acuérdate de los quintos y economía política y el dilema del prisionero, y la utopía por encima de todo. Es así como entendí tu texto porque es así como lo entiendo todo, como un juego de interacción de elementos, como un cuadro de Kandinsky, donde se evita la simple yuxtaposición de cosas porque con eso no logramos nada más que confundirnos, en lugar de eso jugar a establecer relaciones sintácticas y gramaticales entre los diferentes elementos, círculos y líneas, azules y rojos, texturas planas y trazo grueso.

De aquí que vea en tu relato un rico dilema; sí, creo que tal vez sea la más apropiada expresión “dilema”. Julia, pobre Julia, quiere vivir libre pero quiere a la vez que Isaac exista. Es un dilema clásico (clásico en el mejor sentido de la palabra, en el sentido de universal y eterno, clásico como diciendo siempre humano) entre el egoísmo y el altruismo, podríamos decir, aunque tal vez sea simplificarlo demasiado. El dilema entre dos diferentes caminos de alcanzar la Felicidad: solo y libre volando de aquí para allá siempre donde quieras y sin esperar a nadie; o acompañado apoyándose en la sonrisa que camina a tu lado, sin dejarla nunca atrás.

La dicotomía: siempre hacemos dicotomías, es parte de nuestra forma de pensar occidental, creo que ya Aristóteles lo decía, y Derrida intentaba evitarlo pero con escaso éxito. Aquí la dicotomía cobra interés porque se emparejan dos conceptos jerarquizados de forma inversa, es decir, es mejor ser libre que ligado a ataduras, pero también es mejor estar acompañado que solo. Intentaré un esquema:

LIBRE (ind.) ————\ /———ACOMPAÑADO (col.)

\/ \/ \/

\/ /\ \/

CONSTREÑIDO (col.) —-/ \—————-SOLO (ind.)

El problema es la vinculación que pudiera darse entre los dos elementos, ser la persona un lobo estepario o parte de la manada, teniendo cada opción su bueno y su malo.

Es tendencia humana el querer tenerlo todo, y duele tener que renunciar a algo por pequeño que sea. Aliviada Julia cuando es libre porque ya nada le oprime el pecho y le rompe el cuello, pero en parte triste porque termina de renunciar al recuerdo de aquel que le acompañaba. Importante también el recuerdo, ahora hablaremos del recuerdo.

Pero para hablar de los recuerdos es preciso que hablemos primero del tiempo. Y es necesario hablar del tiempo en un cuento con semejante título, toda una declaración de intenciones que se sostiene a lo largo del relato, el tiempo elemento que lo estructura todo en este cuento (en otro lugar podríamos hablar si también en todos los relatos o sólo es cosa de éste). Empieza el relato con:

“Hoy, y sólo hoy, comprendía Julia…”.

Marcando un presente fuerte, un ahora y dentro de un momento un aquí. El “hoy” funciona como una especie de trampolín desde el que saltar a narrar, un salto del ángel en el que primero se sube hacia la memoria todo lo posible y, cuando la gravedad lo exige, cuando el recuerdo llega hasta el presente y la memoria ya no da más de sí, empezar a bajar hacia la piscina, hacia un futuro incierto al que el relato se puede asomar pero no lo vamos a cerrar porque no sabemos nada. Del futuro podemos sugerir e incluso insinuar o especular, pero no sabemos nada. ¿Habrá agua en la piscina? Puede que sí o puede que no, pero eso no lo descubrirás leyendo el relato. De la vida de Julia después de acabado Isaac no sabremos nada, pero podemos imaginar.

Pero no hablemos todavía de la caída, porque será gastar saliva inútilmente. Hablemos mejor de la ascensión, de lo sublime, de aquello que se mantiene mientras puedas aunque sabes que algún día tendremos que caer pero mientras tanto. La subida decíamos que era la analepsia grande que hace movimiento en el relato, pero no la corta de ayer y de anteayer, la analepsia grande es la que excede el título saliéndose del marco temporal establecido:

(…) y se convencía a sí misma de que lo amaba, que nada había cambiado, que él seguía siendo el mismo, que ella también seguía siendo la misma,(…) Sólo eran unos minutos al día que se esfumaban al taparse en la cama, al sentir a Isaac, al coger el coche para ir a su trabajo, al tener sexo con algún imbécil, al escoger recuerdos que ella inventó, asimiló y después defendió en su lucha consigo misma y que la enfilaron al abismo. Unos minutos que representaban su verdadera vida, pero que no valían, ella no era quien los vivía.

Cuando dice “nada había cambiado”, se refiere necesariamente a que nada había cambiado con respecto a un antes mucho más lejano, un “antes” anterior al accidente, anterior a los Seis Años. A ese tipo de recuerdos me refiero, que a mitad del relato sólo se apuntan pero al final nos describirán. Me refiero a los recuerdos de antes del accidente, de antes de que se diera la situación dura de conflicto y, por tanto, de antes mismo del relato. Estoy hablando de la irrealidad como paliativo de la vida, y de la memoria (nunca es igual el recuerdo que la realidad pasada) como una portentosa fábrica de irrealidad, de pensamientos utópicos donde descansar al menos unos segundos al día. Me gustaría citar aquí a Magneto y al Profesor Xavier, los dos superpolos de X-Men. Decía Xavier en un número legendario:

“Un sueño por el que vale la pena luchar, es un sueño por el que vale la pena morir”

Y el genial Magneto, mucho más que el arquetipo del supervillano y por eso brilla, dice:

“¿Sueños? ¿De qué sirven los sueños, Xavier, cuando la vida te golpea con la dura bofetada de la realidad?”

Y esto es X-Men, una historia que se desarrolla durante más de 40 años, sabe dios cuantos tebeos y tres películas, sintetizada en un diálogo de dos alocuciones. Es la lucha por el sueño y la irrealidad, contra el pragmatismo de la resignación. En X-Men la dicotomía es muy simple y está tan claramente jerarquizada que es muy fácil distinguir los malos y los buenos (salvo brillantes excepciones), pero básicamente se están refiriendo a lo mismo que estábamos comentando. Los sueños y la realidad en universal combate que se llama vida.

Y por eso decía lo del título. Hace poco, en la “Mostra de Cinema del Mediterrani”, pude ver por casualidad una película francesa titulada 7 años (Sept Ans, Jean-Pascal Hattu, 2006). Te diría que la buscaras en el E-mule, pero estas películas tan minoritarias no sé si aparecerán. El filme navegaba en un interesante triángulo amoroso entre un preso, su novia, y el guarda de la prisión. Interesante digo sobre todo por el triángulo, que es una forma, que es la forma de romper una dicotomía intentando mantener el equilibrio, aunque es difícil que permanezca equilátero durante mucho tiempo y habrá que hacer grandes esfuerzo para que no caiga hacia el isósceles, o cuidado sino porque si se fuerza mucho un vórtice podemos llegar incluso al obtusángulo, estirando el desequilibrado hasta los 180º y, si se llegara a este punto, adiós triángulo y otra vez un juego triste de tensión dicotómica.

Te hablaba de esta película por la cuasi-coincidencia en el título, seis años o siete años, uno más no es gran diferencia si no consideramos la numerología, cosa que no es el caso. En la película el título es la pena que debe cumplir el preso; en el relato es la pequeña parte de condena vitalicia que lleva cumplida Isaac. En ambos casos ese segmento de tiempo es tan protagonista como los personajes, marco que acota pero a la vez el elemento que hace estallar todo equilibrio previo. Y de ahí el uso de los “viajes temporales” como irrealidad que hacen soportable el camino, prolepsis y analepsias que son sólo posibles en forma de literatura.

En tu relato Julia sobrevive a base de sueños, de irrealidades, de evocaciones. Pero no son sólo los recuerdos, hay otro elemento que cobra gran importancia en tu relato. “La ebriedad es un don”, escuché una vez que decía un poeta del grupo surrealista de Madrid en unas conferencias en el Ateneo Anarquista del Carmen. Discrepancias aparte, hablemos de la ebriedad.

Y es que aquí son los narcóticos los que aparecen en todas las partes del relato, con una precisión terminológica y una adecuación de formas que hace que la droga entre en tus oídos sin apenas percibirla. Sutileza. Encontré principalmente tres variantes de estos narcóticos, que cumplen unas funciones muy concretas como proveedoras de irrealidad en esa relación sueño-vigilia.

Las primeras y más evidentes son los ansiolíticos que consume Julia a todas horas. Medicina paliativa de la vida, claro, del tipo más básico, del común vodka y de la exótica paroxetina. Dentro de este capítulo podríamos incluir también las endorfinas generadas mientras el sexo con el “tipo salido del armario de Armani”, pero creo que el sexo y el amor deben considerarse elementos aparte que pueden producir una relación más rica en interpretaciones; por no ser reduccionista, dejemos el sexo aparte de momento. Estas drogas casi cotidianas, tipo prozac, valium, tranquimazid… simplemente generan en pequeñas y controladas dosis la irrealidad necesaria para que una dura vida dure seis años o los que hagan falta, sin que la monotonía mate al personaje. En el relato son útiles para caracterizar la relación entre Julia e Isaac, entre Julia y el mundo de verdad. Además introducen sutilmente el mundo de los narcóticos que luego será fundamental.

(…) Había construido un mundo paralelo sobre los cimientos del vodka, la paroxetina y su estúpido trabajo.

(…) sabía del peligro que conllevaría dejar de destruirse con esas drogas, podría empezar a darse cuenta de si vivía o había muerto (…)

Aparece casi al final otro narcótico casi cotidiano, pero muy diferente. Al hablar de marihuana la connotación no es triste y resignada sino lúdica. Irrealidad en parte también, claro, pero con otra función.

(…) cada minuto de sexo entre los dos en cualquier lavabo, cada noche de teatro, marihuana y carcajadas; cada vestigio de su vida que hubiera guardado algún sentido, alguna motivación, algún día en la playa (…)

Es cierto que la presencia de éste es muy secundaria y no aparece hasta casi el final, pero gana importancia teniendo en cuenta su ubicación, casi al final, casi en el detonante último. La gran explosión del clímax necesita que algo le preceda en intensidad o se producirá una disonancia demasiado fuerte para ser tolerable. Así, introducimos los recuerdos irreales antes de la muerte de Isaac, pero además, con este narcótico verde que funciona como exponente positivo, irrealidad elevada al cuadrado antes del gran final.

Antes del final, porque es al final que los narcóticos toman su máximo protagonismo en forma de cinco (de importar la numerología hubieran sido seis, o siete si siete hubiesen sido los años en el título) gotas de Paratión:

Julia se sentía libre por primera vez desde el accidente: cinco gotas de Paratión en la sopa de Isaac habían sido suficientes.

El veneno químico era necesario en el final, y ejerce su papel para culminar definitivamente la batalla entre la evasión al mundo onírico y la fuerza de la gravedad a la caída. Gracias a esta droga sintética, que en otro tiempo hubiere sido cicuta o belladona, la irrealidad deviene al fin real, cerrando el ciclo, volviendo de nuevo al hoy y sólo hoy en el que todo se comprende. Todos los pensamientos contradictorios que batallaron en la cabeza de Julia durante seis años se clarificaron como en un sueño, como en los sueños en los que se puede conservar todo el material evocativo de la memoria, porque sabe que de esto no queda ya nada en la tierra, y al mismo tiempo volar libre de una vez por todas como anhelaba siempre volviendo a casa en coche. Si con los ansiolíticos y los recuerdos lo real se hacía irreal; con el Paratión, lo irreal se hace real.

Hasta aquí ya he comentado el núcleo central del relato. Podría perder más tiempo y más letras analizando muchas otras relaciones secundarias, pero sólo servirían para reafirmar esta tesis central de la batalla realidad-irrealidad. Podría hablar del sexo anónimo de oficina y del evocado sexo con Isaac, como ya apunté antes, pero sería volver al mismo punto donde lo evocado siempre es mejor que lo de ahora. Podríamos comparar la actitud de los dos personajes hacia el cine, que aquí aparece como el Arte, la fábrica de sueños por antonomasia: Julia entusiasmada con la actuación de Robert de Niro, e Isaac, resignado y desengañado, empachado de vivir de irrealidad porque en su situación no tiene otra cosa (recordar los vuelos de Ramón Sampedro sobre los montes galegos, sobre las rías, sobre el mar), desiste de seguir aferrándose a los sueños y sólo ve mentira donde hay irrealidad. La misma batalla, los mismos contendientes. Podríamos también hablar de la gastronomía, del hogar y la oficina, los espacios donde intentan diferenciarse los dos mundos y aun así no está claro si es más real uno u otro, al fin y al cabo ambos son la misma dura realidad y en ambos se intenta disfrazar ésta con evasiones al bello mundo.

Pero creo que ya está todo dicho y no me gustaría hacerte perder el tiempo ni perderlo yo.

Como ves, me gustó el relato, es un buen estilo de cuento donde se puede estirar más de lo que se pensaba que hubiera habido en un principio. También debo decir que me pesa un poco la tendencia de siempre ahondar en lo trágico cuando nos ponemos serios, espero que no todo sean dramas y dolores en tu archivo. La irrealidad no tiene porque siempre pesar, para eso ya nos sobra la Verdad.

Pero como decía, me alegro de que sea ese tipo de cuento que permite excavaciones. Todo depende de la calma con que se lo tome uno y las ganas que se tengan de buscar. Con todo esto no quise decir que todas estas relaciones las tuvieses en mente al sentarte a escribir. Mal que me pese, volvemos al inconsciente: seguramente fue él el que te hizo seleccionar un trozo de realidad para recortarlo y enmarcarlo en un texto, para luego configurarlo de especial manera hasta hacerlo irrealidad. Es el cuento como una fotografía que oculta tantas verdades fuera de cuadro, es el cuento que sólo es un trozo de hielo flotando en el círculo polar y no hace falta que te diga lo que hay debajo.

Pero aunque fuese el subconsciente el que lo hizo, eso no quiere decir que debamos renunciar a analizarlo y a intentar desenterrar lo que ocultaba, alimentar el subconsciente por así decirlo, acercarnos un poquito más al límite de lo incognoscible que es la mente humana. Así, si podemos comprender lo que hicimos antes, la próxima vez haremos cosas que tampoco comprenderemos y volveremos a intentar desentrañarlo, eso es, crecer. No es el subconsciente un departamento estanco inaccesible hermético, es sólo el estante de arriba del cerebro al que se llega con el taburete, cogiendo los tarros de mermelada estirando el brazo y sin ver dentro, y así nunca sabremos de que sabor saldrá, aunque lo podamos llenar mas o menos a nuestro gusto y un poco ordenarlo si nos ponemos de puntillas.

Bueno, hasta aquí. Nada más que decirte por ahora.

Ah, sí, gracias por dejarme el texto.

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