Ene 14 2010
Nunca me leí el Quijote, y ya no creo que lo haga…
Un amigo dice que le atormenta una grotesca parábola que se le ocurrió un día:
Si atásemos a un recién nacido a una silla frente a una pantalla de ordenador, una dinastía de torturadores (contando abuelos, padres, hijos, nietos y hasta bisnietos) no podría mantenerlo con vida el tiempo suficiente para que visualizara la totalidad de video que hay ahora mismo colgado en youtube.
Es una cuestión de tiempo objetivo, decía, tiempo de reproducción mensurable en horas, minutos y segundos; y tiempo vital medido en sístoles y en diástoles y los límites físicos que encuentra la esperanza de vida humana aun en óptimas condiciones de conservación (digamos, 110, incluso 120 años). Sí, aterrador, le decía yo pensando en otra cosa. Pero insistía: “Eso significa que hemos perdido toda mínima posibilidad de gestión racional de la información disponible. ¿Quién podría establecer un criterio comparativo, si ningún ser humano sería capaz de asimilar (concebir siquiera) la imagen de la totalidad?”.
Me daba un poco de risa toda esa terribilidad del hombrecito-abrumado-frente-a-la-inmensidad-del-oceano. Como si internet fuese la revolución causante de todos los males, como si antes de internet fuese perfectamente posible entrar en cualquier bibioteca y devorarla toda de cabo a rabo, como si antes de la palabra escrita fuese perfectamente posible escuchar todos los pensamientos de todas las personas relatadas palabra por palabra sentados en la terraza de un café. Recordaba la imagen de los bibliotecarios que morían ciegos en La Biblioteca de Babel.
Y sin embargo, hay alguna diferencia en nuestro presente, algo hay de inconmensurabilidad que destroza completamente toda ilusión de holismo. La lógica de la abundancia nos acerca a un contexto de total disponibilidad de la información. “Dime un libro y te lo encuentro en google en 2 segundos”, afirman los arrogantes. La información en internet tiende a infinito, y esto nos permite movernos en contextos abismales, donde la escasez o lo improbable son cada vez menos frecuentes. Si algo es posible en internet, pasará (si no ha pasado ya).
En el pavor y la angustia frente a este universo caótico e inabarcable (y libre), vemos las torpes estrategias de los abanderados de la sabiduría, los héroes del orden, que pretenden poner cada cosa en su lugar reubicándonos en una cómoda y complaciente escasez. Mi ejemplo favorito es Harold Bloom: porque es un dinosaurio catedrático y al mismo tiempo un pop-star, porque empezó deconstruyendo con Derrida (”la explicación de un poema siempre es otro poema”) y luego se propuso destruirle con toda “la escuela del resentimiento” (porque la única interacción que concebía era la lucha a muerte), y por último, porque su mundo -y si de él dependiera todos los mundos- se acabarían en Shakespeare y su Canon Occidental. Bloom concibe el universo literario como una carrera por la excelencia en la que cada escritor trata de desbancar a su predecesor (efebos contra precursores), sin posibilidad de comunicación horizontal. Frase célebre de Bloom:
“Se lee como se muere, solo.”
Visto así, es lógico que necesite construirse un canon, decirse a sí mismo que lo que ha leído es lo mejor que podría haber leído y que su vida es la mejor que se podría haber vivido. Por que no conocerá otra, ni de lejos. De toda la maraña, solo importan un centenar de libros, los objetivamente mejores. Y el tamaño de la lista (escaso) estará determinado por la cantidad de libros que podría digerir en vida un lector individual.
Leo últimamente La vida: instrucciones de uso, de Georges Perec. Se nos cuenta aquí la historia de un artesano fabricante de puzzles, y para hacerlo, la narración se ramifica y crece recorriendo todas las historias que alberga el edificio en el que vivió, porque:
el objeto considerado —ya se trate de un acto de percepción, un aprendizaje, un sistema fisiológico o, en el caso que nos ocupa, un puzzle de madera— no es una suma de elementos que haya que aislar y analizar primero, sino un conjunto, es decir una forma, una estructura: el elemento no preexiste al conjunto, no es ni más inmediato ni más antiguo, no son los elementos los que determinan el conjunto, sino el conjunto el que determina los elementos: el conocimiento del todo y de sus leyes, del conjunto y su estructura, no se puede deducir del conocimiento separado de las partes que lo componen: esto significa que podemos estar mirando una pieza de un puzzle tres días seguidos y creer que lo sabemos todo sobre su configuración y su color, sin haber progresado lo más mínimo: sólo cuenta la posibilidad de relacionar esta pieza con otras y, en este sentido, hay algo común entre el arte del puzzle y el arte del go: sólo las piezas que se hayan juntado cobrarán un carácter legible, cobrarán un sentido: considerada aisladamente, una pieza de un puzzle no quiere decir nada; es tan sólo pregunta imposible, reto opaco; pero no bien logramos, tras varios minutos de pruebas y errores, o en medio segundo prodigiosamente inspirado, conectarla con una de sus vecinas, desaparece, deja de existir como pieza: la intensa dificultad que precedió aquel acercamiento, y que la palabra puzzle —enigma— expresa tan bien en inglés, no sólo no tiene ya razón de ser, sino que parece no haberla tenido nunca, hasta tal punto se ha hecho evidencia: las dos piezas milagrosamente reunidas ya sólo son una, a su vez fuente de error, de duda, de desazón y de espera.
(Curiosamente cercano este salto intuitivo al mecanismo de las Revoluciones Científicas de Kuhn). Es por eso que tampoco debe ser tan relevante una pieza cualquiera considerada aisladamente. Si sabemos que cualquier mapa será limitado ya que nadie explorará la totalidad del territorio, la comparación - la interpretación - sólo puede darse entre mapas, nunca entre localizaciones. Y serán fructíferas las conversaciones que aprovechen todo ese saber acumulado. Considerar cada amigo (cada enlace) como una prolongación del ser más allá de los límites que nos impone el tiempo. Considerar cada amigo un descompresor de rar y un metabuscador, cada lectura y recomendación como un regalo en sí mismo.
Disfruto mucho cuando me recomiendan un libro o una peli y digo “¡Gracias por el resumen, me quedo con la idea, pero creo que nunca veré esa película!”. No leeré el Quijote porque ya me han dicho de qué va. Además, un sistema educativo terriblemente nacional me lo impuso en su momento destripándome un montón de mitos: ya me sé lo de los molinos y lo del vaciyelmo, lo del pacto de mentirosos sobre un burro de mader que dicen que volaba y el pacto de los mentirosos, sobre “la quijotización de sancho y la sanchificación de quijote”, ya Kafka me contó de la verdad sobre Sancho Panza, y también sé que un tal Pierre Menard que escribió en el siglo XX el pleito entre las letras y las armas. Seguro que encontraría muchas más cosas en El Quijote, pero también puedo encontrarlas en sitios menos sospechados, y es menos probable que alguien me las traiga desde allá.
Voy a dar todavía unas vueltas: si el azar me ayuda encontraré unas lecturas más.
