jul
25
2010
Ya tengo el visado para Brasil, 12 meses. Mientras esperaba en Barcelona a que el consulado tramitara lo que hiciera falta, aproveché para visitar viejos amigos y de paso recuperar libros que creía perdidos. Estuve un par de días deambulando por el Raval con 2666 bajo el brazo, y entre cafés y cervezas volví a engancharme y leí de nuevo toda “la parte de los críticos”: Espinoza y Pelletier (obstinados detectives frustrados), Liz Norton (escurridizo objeto de deseo intentando devenir…) y Morini (copista Scapolo hasta devenir…), tods ellos zopilotes revoloteando sobre el hueco que dejó Benno von Archimboldi; aunque Morini se autodefina como “el pez guia que navega junto a la sombra del tiburón negro que es la obra del alemán”, no hay duda que es acrotomofilia lo que mueve a esta bandada de necrófagos tratando de completar el sistema literario de un autor con el relato de su biografía. ¿Quién no hace eso? Los cuadernos de Miquel Barceló en Goa… En cierto sentido, toda la obra de Bolaño se mueve en ese terreno resbaladizo donde se forjan los mitos: relatos en primera persona con una incierta aura autobiográfica, relatos del joven beat y del rebelde encarcelado por Pinochet, muerto en-la-más-suma-miseria de un suburbio catalán… la construcción del autor es un artefacto paralelo a la construcción de “la obra”, y obviamente esto no pasaba desapercibido para el irónico Bolaño, que ironiza con todos estos mecanismos industriales, tanto en el rastro incierto de la segunda parte de Los detectives salvajes, el memorable Sensini, o, como no, el místico gigante que es Benno von Archimboldi, el autor sin obra. Una de las mejores jugadas de este estilo, las falsas autobiografías llenas de enigmas y pistas falsas, sean posiblemente las Confesiones del estafador Felix Krull. Thomas Mann inició esta novela en su temprana juventud, pero no la acabó hasta el final de su vida. Como comenta Otto Cázares: Leer mas … »
oct
01
2009
Acabo de ver dos películas del itinerario: 23, y The KGB, my computer and me. Se nos presentan como dos perspectivas polarizadas sobre el contexto de aparición del universo hacker a finales de los ochenta. En este caso, el Atlántico todavía ejerce más de frontera que de puente en el ámbito cultural, y la lógica del espectáculo hollywoodiense se hace patente en un caso, mientras en el otro todavía se nota la carga de una literatura alemana marcada por figuras como Goethe, Thomas Mann, Henrich Böll o Alfred Döblin.
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ago
01
2009
Tenía otros títulos alternativos para este profundo y desarrollado post, pero no me veía capaz de decidir. Así que, llevado por la lógica de la abundancia y evitando premeditadamente el generador artificial de escasez que es la pestaña del título, incluyo aquí algunas posible variaciones (No Goldberg) sobre el tema:
- El Doktor Faustus contra John Cage.
- John Cage contra el Doktor Faustus.
- John Cage escuchando apasionado “el lamento del Doktor Faustus” interpretado por él mismo en un piano preparado, sin saber exactamente cuando empieza y cuando acaba.
- El Doktor Faustus escuchando 4’33” y diciendo “Sí, ¿y qué?”.
- “El Doktor Faustus no juega a los dados”, responde severo el Doktor Faustus a un John Cage decepcionado y triste que le proponía una partida al Michigan.
- El Doktor Faustus gritando ¡Despierta! en la oreja de John Cage, que medita con los ojos cerrados.
- El Doktor Faustus con jaquecas, en penumbras en la sala del abad de Pfeiffering, pidiendo a John Cage que no toque tan fuerte 4’33”.
- John Cage en la posición del Loto indiferente al orín del Doktor Faustus que regalima desde su nuca a su mejilla.
- John Cage follándose por el culo a Helena de Troya que muerde la almohada, palmeándole las nalgas hasta dejárselas rojas y agitando en la mano izquierda su sombrero de cow-boy, mientras el Doktor Faustus, levitando a dos palmos del suelo, le mira por encima del hombro despectivo y pide silencio para que no despierte al cadaver embalsamado de Nepomuk que arrulla entre sus brazos.
- El Doktor Faustus repartiendo bonometros al grito de ¡Pasen, pasen, es gratis y hay para todos! en la puerta de una estación de metro cortada por obras, mientras John Cage intenta venderle una caña de pescar al mendigo que está en la esquina de esa misma parada pidiendo dinero para comprarle un bonometro al Doktor Faustus.
- El Doktor Faustus muerto y enterrado, John Cage muerto y enterrado, el mendigo muerto y enterrado, un cronopio cantando y bailando catala tregua tregua espera y saltando a la pata coja entre los túmulos.
Ejem, (imagínense que ahora me aclaro la garganta, bebo un poco de agua, me ajusto la corbata y coloco en posición los anteojos de carey, ordeno con leves golpes en los cantos un manojo de folios, miro ante mi el tele-prompter y leo:) “Como veníamos diciendo, Leer mas … »