ago 29 2009
Watchmen según von Kleist, de marionetas y figuras.
Siguiendo la estela del Docktor Faustus (Werther de mayor) di en Lisboa casualmente con una traducción portuguesa del ensayo de Heinrich von Kleist Sobre el teatro de Marionetas, que me ha dado una perspectiva curiosa para releer Watchmen. En otras entradas comentaba la presencia de Kleist como de pasada, y la recurrencia de los títeres en diversos ámbitos. El ensayo clarifica mucho de la graciosidad y lo grotesco de dioses y marionetas, una perspectiva que podría ser aplicada a muchos ámbitos generando nueva luz. Y es que Heinrich von Kleist era un gran loco, y aun así tenemos su famoso ensayo como un pequeño clásico, en el que el pensamiento brota del diálogo como en una aleación de bronce. Una reflexión sobre la conciencia bastante inconsciente, que se pretende sólo uno de los polos de múltiples relaciones dialécticas, apenas de nada sirve sola, y por eso lo usamos contra otras cosas. Obviamente, el Doktor Faustus, pero esto no es ninguna revelación puesto que fue el mismo Faustus el que me dio a Kleist (en el capítulo XXX, cuando componía sus Gesta Romanorum, ópera tragicómica para marionetas, y los esfuerzos para abrirse paso…). Se me ocurre también, metido como estoy en estos embrollos, la relación de este ensayo de Kleist con “la teoría de la figura” de Cortázar, la creación de personajes sin psicología, que ya empieza en Los Premios con Persio y sus monólogos, crece en Rayuela con el baile místico y ciego de Horacio Oliveira (propio del derviche), y culmina su desarrollo en 62 MPA, la obra en la que ando enfrascado. En el capítulo 62 de Rayuela, germen de todo eso, se habla del concepto de “figura”, señalando que en ellas,
«…al margen de las conductas sociales, podría sospecharse una interacción de otra naturaleza, un billar que algunos individuos suscitan o padecen, un drama sin Edipos, sin Rastignacs, sin Fedras, drama impersonal en la medida en que la conciencia y las pasiones de los personajes no se ven comprometidas más que a posteriori. (…) Como si ciertos individuos incidieran sin proponérselo en la química profunda de los demás y viceversa, de modo que se operaran las más curiosas e inquietantes reacciones en cadena, fisiones y transmutaciones. (…) Así las cosas, basta una amable extrapolación para postular un grupo humano que cree reaccionar psicológicamente en el sentido clásico de esa vieja, vieja palabra, pero que no representa más que una instancia de ese flujo de la materia inanimada, de las infinitas interacciones de lo que antaño llamábamos deseos, simpatías, voluntades, convicciones, y que aparecen aquí como algo irreductible a toda razón y a toda descripción: fuerzas habitantes, extranjeras, que avanzan en procura de su derecho de ciudad; una búsqueda superior a nosotros mismos como individuos y que nos usa para sus fines, una oscura necesidad de evadir el estado de homo sapiens hacía…¿qué homo? Porque sapiens es otra vieja, vieja palabra, de esas que hay que lavar a fondo antes de pretender usarla con algún sentido.»
Un auténtico teatro de marionetas ¿no, Kleist? Sigo convencido de la importancia del formato hipertextual (más después de leer Los detectives salvajes este verano) y sus posibilidades como la superación de la corriente psicológica de Joyce, abriendo la cadena de pensamientos en todas sus ramificaciones y aleatoriedad, como si ahora tuviéramos una marisma mental en lugar del triste arroyuelo que teníamos antes, una marisma que no es visible salvo chapoteando y mojándose los bajos de los pantalones al caminar entre los juncos. Y aun así siempre incompleta, un lector perdido en un laberinto oscuro, avanzando tan a tientas como el autor. Un pequeño cambio que nos permitiría superar el individualismo metodológico de la narrativa psicológica, para entrar en un ámbito de literatura calidoscópica, relacional, adecuada a un concepto de la identidad y la persona que no se puede ver centrípeta y esencialista. Pero voy a dejar por un rato a Cortázar, que según me dicen está muerto y a los muertos hay que dejarlos descansar.
Se me ocurrió también que otra curiosa combinación es la que se da cuando enfocas la novela gráfica más interesante del siglo XX (ultimamente todo el mundo postea sobre Watchmen, desde periodistas profesionales a antropólogos vocacionales) a través del filtro de un ensayista romántico del siglo XVIII. Uno de los posibles ejercicios a los que se presta el ensayo de Kleist es utilizarlo para leer las batallas del Dr. Manhattan, de Ozymandias y de Rorschach: sus batallas, sus esfuerzos y, sobre todo, sus fracasos, sus errores. Dice von Kleist cosas como que:
«Tais erros sao inevitáveis desde que comemos da Árvore do Conhecimento. Porém o portao do Paraíso está fechado e o querubín ficou lá atrás; teremos de dar a volta ao mundo e ver se há porventura uma entrada aberta nas traseiras.»
¿Qué quiere decir esto? Pues simplemente que el tiempo es irreversible, que si mordimos, mordimos, y no podemos aspirar a retroceder a la inocencia del querubín o el niño como si nada de esto hubiese pasado. La conciencia serena sólo es propia del omnisciente o del nihilista. El que pretende, proyecta, insiste y se esfuerza en fracasar sólo construye torpezas contra la gracia. Abandonarse, como la marioneta camponesa encerrada en la Jaula de la casualidad, la jaula que encierra la armonía salvándonos de La Caída. Sometiéndose no a los designios de un titiritero que nos prive de la libertad, porque no hay titiriteros; sólo azahar y complejidad inescrutable. Comprender esto ya es comprender más de lo que se puede aspirar a comprender con la conciencia de Ozymandias.
Releyendo Watchmen:
Rorschach como la marioneta, que sigue sus instintos y su primario sentido de la justicia sin cabilaciones, sin mal de conciencia, sin preocuparse por las consecuencias de sus actos.
El Dr. Manhattan como el Dios omnisciente capaz de ver el tiempo como unidad. Juzgando aritméticamente el devenir del universo, conduciendo su flujo cuando es preciso, orientando sus propios actos como una mera variable más en la inmensa ecuación de los acontecimientos. Desapasionado, frío, fáustico lo alto de los cielos.
Y entre estos dos, entre el animal y el Dios, Ozymandias, el hombre que aspiraba a la omnisciencia y al poder omnímodo (el sueño de Alejandro Magno, haciendo uso del zen y el pensamiento lateral, optimizando sus escasos recursos para llegar a ser el más poderoso de los hombres, esto es, alcanzar el máximo poder que puede alcanzar un hombre – y aun así, para el Dr. Manhattan no es ni siquiera un estorbo) pero sin llegar ni de lejos a aproximarse a la realización absoluta de estos ideales. Urde el complejo plan para “salvar el mundo” (motivación humana) recurriendo para ello a acciones moralmente tan reprobables como volar medio New York, haciendo uso de una lógica maquiavélica y unos malabarismos éticos de los que el mecánico Roschach (la marioneta) hubiese sido totalmente incapaz.
Por un momento parece que el plan del hombre surte efecto (gracias, por otro lado, a la acción del Dios Manhattan, titiritero, que decide tranquilamente exterminar a Rorschach, guardar la marioneta en un cajón cuando ya ha acabado su número y sólo sería molesta). Pero la última viñeta da otra vuelta de tuerca: la venganza de la complejidad o la casualidad o el destino o el puro azahar: el diario de Roschach en la redacción de un periódico sensacionalista hambriento de Verdades, un relato que, de ver la luz, podría cambiarlo todo haciendo que Ozymandias se revuelque en la arena de la orilla arrastrado por un tsunami imprevisible. La venganza póstuma del animal títere.
Pero ningún interés tiene juzgar la historia de estos personajes en términos de éxito/fracaso. Hablamos aquí de novela (roman) por lo que el único juicio que cabe es el juicio estético. Y es aquí donde el filtro de von Kleist no admite dudas:
«Para o homem, na graciosidade, seria simplesmente impossível alcançar ao menos o nivel do boneco. Neste ámbito, só um Deus poderia medir-se com a materia; e este era o ponto em que as duas estremidades do mundo, na sua circularidade, se tocavam.»
Sin duda la gracia de lo divino está presentada en Watchmen por el Dr. Manhattan, creando palacios de cristal en Marte sólo por el placer de crear a partir del polvo y de la nada (¡crear!). Hay una doble página, rosa, azul y negra, que podría haber pintado Murillo si hubiese vivido en este siglo. Me la quiero enmarcar.
Pero la gracia, como categoría estética, necesita o goza del contrapunto de lo grotesco. Roschach abriendo la cabeza de un perro con un cuchillo de carnicero, Rorschach comiendo terrones de azúcar o judías a cucharadas, frías, directamente de la lata. Rorschach profetizando el Apocalipsis. Roschach no está encerrado en nuestro mundo, nosotros estamos encerrados con Rorschach.
Y de nuevo Ozymandias muerde el polvo: desde un punto de vista estético ni se aproxima al carisma de los otros dos. Ozymandias es humano, ni sub-humano ni super-humano. Su diferencia con otros personajes como el triste Búho Nocturno, con el psiquiatra de la cárcel o con el lector, es sólo una diferencia de grado carente de todo fundamento metafísico. Sólo es un ser vulnerable que pretende controlarlo todo, anular el efecto del tiempo y el espacio y la entropía humana para hacer “El Bien” (“su bien”, podría decirse, pero eso ya sería otro debate). Un ser víctima del pensamiento utópico, un Ícaro que, como todo Ícaro, acaba por caer.
La potencia estética de este personaje estriba únicamente en la parábola que describe en su ascensión y caída, es decir, el capítulo autobiográfico final y los momentos climáticos en los que parece haber tocado el cenit (la divinidad). Fuera de eso, el resto de apariciones, queda más bien como un insulso personaje secundario, presuntuoso y pedante, al que deseamos que Rorschach apalice.
Lo que puede ser que suceda es que nos identificamos en exceso con este blando, demasiado como para sentir admiración o atracción. No se puede desear ser aquello que ya eres (Platon, Banquete). Anhelamos, porém, alcanzar la sabiduría y la paz de espíritu del Dios en su conciencia absoluta o, más allá, servirnos de la moral del cóndor y renunciar a ella por completo.< >< >
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